jueves, 27 de abril de 2017

Recuperar una alegría

Su cara, de habitual simpática, hoy ni se ve. Su enorme melena morena tapa una eterna sonrisa que ha desaparecido, mientras que su mano derecha apoya su inclinada cabeza que hace rato le ayuda a volar mentalmente hacia ningún lugar al otro lado del cristal de la ventana junto a la que pasa el resto de sus clases.

He entrado a su aula con idea de repartir una posibilidad más de aprobar en forma de recuperación de matemáticas. Ella ni ha levantado la cabeza. La he dejado para el final, me he acercado a su mesa y no he conseguido, ni agachado a su altura para tratar de animarla, saber su problema, pero su cara, en nada parecida a la de siempre, amenazada por incipientes lágrimas a punto de desbordarse denotaba un estado anímico bajo mínimos.

Poner un examen ante alguien en ese momento, frente a una persona que ha extraviado su sonrisa, sería un grave fallo, un error imperdonable. Seguramente unos días después, cuando haya vuelto la alegría a su cara, si además viene acompañada de algo más de estudio del habitual, pueda dar una oportunidad que no existe en este instante. Así que he pensado que no era el momento, que éste si ha de llegar ya llegará.

A partir de ahí queda otra parte, la verdaderamente importante, la emocional, por lo que he decidido, tras hacer algunas averiguaciones infructuosas entre sus compañeras, conocer el origen de esa pérdida de sonrisa, de ese alarmante apagón de alegría. He vuelto a acercarme tras descargarle del problema añadido de la pretendida recuperación. Ni eso ha mitigado su pena. ¿Problemas en casa? ¿con los amigos? ¿con el profesor anterior? Nada abría las puertas de ese pequeño corazón dolorido. Al final, un par de carantoñas y un par de miradas han conseguido su efecto. La recuperación de la asignatura anterior había sido un fracaso al no llegar a más allá de un tres con algo. ¿Valoraba esa calificación su esfuerzo?

He escrito el primer párrafo de este pequeño artículo y, mientras el resto hacía la recuperación citada u otras cosas, la he llamado y le he pedido que se acercara. Le he señalado el monitor y ella ha fijado su mirada todavía seria y triste en el texto. Poco a poco la sonrisa habitual ha vuelto a iluminar su cara como dibujada por cada palabra, por cara letra, por cada sentimiento encontrado en sus líneas. Se ha vuelto hacia mí ladeando su cabeza ligeramente. Sus ojos de gratitud me han alegrado el día. Creo que no me he equivocado al darle la posibilidad de hacer esa maldita recuperación en otro momento, ofreciéndole además mi ayuda si la necesita.

Lo habría hecho con cualquier alumno o alumna en las mismas circunstancias, pero luego me ha venido a la memoria una situación que ocurrió hace un mes aproximadamente. Yo me encontraba en el horario de recreo y me tocaba vigilar los pasillos de mi centro. Estaba como ella hoy, por circunstancias entre personales y laborales, pero seguramente por la edad lo manifiestas de otro modo, aunque la gente que me conoce dice que soy trasparente y que enseguida se nota cómo me encuentro, que no sé disimular mi estado de ánimo sea cual sea. Una manita se posó en mi hombro izquierdo. Me volví y era ella. ¿Qué te pasa? Estás muy triste.

Javier Lozano,  27 – Abril - 2017

miércoles, 22 de marzo de 2017

Fabricando sonrisas

Estos días hemos estado con exámenes y reuniones cerrando la segunda evaluación. Empieza a pesar ya un poco el curso ante la tercera, esa eterna recta final que, como cuando estás terminando una larga caminata, parece que nunca ves la meta, que siempre está tras la última curva del camino. Por todo esto, igual que el viento fresco que nos da en la cara y nos ayuda a buscar las últimas fuerzas que nos quedan en la reserva, os contaré alguna cosilla simpática de mis chicos que nos ayudará a todos a sonreír, algo imprescindible a estas alturas de curso.

Hace una semana, recordando a unos alumnos lo que dice el teorema de Pitágoras, que también el hombre no tenía otra cosa mejor que hacer que jugar con los lados de un triángulo rectángulo, los nombré y, si esta vez lo de catetos no consiguió la cascada de risitas habitual, lo de la hipotenusa en cambio fue gracioso. Un alumno, a punto de cumplir los dieciocho, al preguntar un compañero suyo si hipotenusa era con h, que ya le vale, y aclararle que así era, dice todo convencido…  “Pero ¿no era hapotenusa?”. Sin comentarios.

Unos días antes, al comenzar una clase compruebo que faltan dos alumnos que casi siempre llegan tarde. Mientras miro para asegurarme de que así es digo... “Faltan… ¿los tardanos?” a lo que un alumno todo convencido pregunta… “¿eso no es un animal?” Risas, desconcierto y desconocimiento hasta que otro compañero le aclara que el mardano es el carnero, el macho de la oveja, ese que tienen unos cuernos enormes que parecen como enrollados en espiral. Tras desfacer el entuerto seguimos la clase con una sonrisa.

El mismo alumno, unos días más tarde, ante un comentario relacionado con lo que se está hablando en clase, nos cuenta con la misma naturalidad e ingenuidad de siempre, cómo no paró de matar murcianitos hasta que le estropeó a su abuelo una antigua máquina de vídeo juegos que tenía guardada el hombre por casa. Todos le miraron sorprendidos hasta que le aclaré que seguramente serían marcianitos, ya que la gente de Murcia nunca ha aparecido, que yo sepa, para ser aniquilada en ningún vídeo juego. Unas risas al descubrir el gracioso error (menos para los murcianos) pusieron la nota de humor en el grupo que nos permitió seguir mejor.

Si enumerásemos el montón de errores y chascarrillos que surgen en nuestras aulas cuando menos lo esperamos sería para desesperarse, aunque ya veis que algunos de ellos ponen esa chispa, ese toque de gracia que permite seguir la clase con algo más de ánimo por esa sonrisa que dibujan en los que la vivimos a su lado, profesor y alumnos. Así pues, en esos momentos, daremos por buenas esas anécdotas, que nos arrancan una simpática sonrisa, y como me contaba un alumno hace unos años que decía su hermano, será cuestión de hacer la “lista” gorda.


                                                             Javier Lozano – 16 – marzo - 2017

jueves, 2 de marzo de 2017

El tiempo nos da la razón

En mayo se cumplirán dos años, dos cursos en la media de tiempo más habitual entre alumnado y docentes. Recuerdo que os dejaba en un artículo titulado “Satisfacción en el aula” cuando me marchaba a comer tras quedarme en clase algo más de media hora, después de salir todo el mundo, para que un alumno finalizara un examen que no había podido terminar en el tiempo de clase.

Os hablaba en aquel momento de un chico que iba a finalizar segundo. Había empezado fatal el curso y meses después, tras hablar con él y con su madre y activar con su tutor de algún modo su situación tras aquella reunión, la cosa había empezado a funcionar. Hace un par de días lo paré por el pasillo y estuvimos hablando.

Desde aquella entrevista las cosas empezaron a cambiar. Su visión del mundo que le rodeaba también. Las calificaciones comenzaban a subir porque su actitud había mejorado en la mayoría de sus momentos. Únicamente quedaba el poso generado en su vida diaria por las inevitables lagunas de su trastorno y tantos años de malas rutinas. Aun así siempre quedaban  malos momentos imposibles de eliminar, pero el cambio había sido abismal. Como suele ocurrir siempre, no todo el mundo supo apreciar y valorar en su justa medida todo lo sucedido, su esfuerzo. Si progresar es avanzar desde el momento inicial al final, se estaba consiguiendo el objetivo.

Como os decía ya han pasado casi dos cursos enteros, un par de años en los que las cosas han cambiado, él ha ido creciendo y yo simplemente me lo he encontrado por los pasillos de vez en cuando. Al preguntarle, la respuesta siempre ha sido la misma, esa cara de circunstancias después de contestar bien o simplemente un bueno. Alguna vez he tratado de profundizar en sus respuestas y he visto que seguía el avance, unas veces mejor que otras. En esta ocasión, al encontrarme con él más cara a cara me ha confirmado que sigue progresando. Hemos hablado de todo lo ocurrido desde que nos conocimos y equivocadamente me echa a mí la culpa de su éxito, algo que me enorgullece, pero le he hecho ver que solo fui una parte del proceso, como lo fue su madre. La pieza clave, la que realmente hizo el esfuerzo para salir de aquel agujero fue él y únicamente él porque creyó en sí mismo y en que era posible. Ya está en cuarto y con todo lo anterior aprobado, unas a la primera, otras no, pero en cuarto. Creo que aquella entrevista y las pautas generadas a través del compromiso merecieron la pena. Esta vez el tiempo nos ha ayudado a ver los resultados, en esta ocasión el paso del tiempo nos ha dado la razón.

Javier Lozano 2 - marzo - 2017



martes, 28 de febrero de 2017

Perdiendo oportunidades para educar

La vida está llena de oportunidades de todo tipo, para lo bueno y para la malo, basta con tener los ojos abiertos si son de las primeras para aprovecharlas y para sortearlas sin son de las segundas, pero también hay veces que aún siendo buenas las desaprovechamos sin ningún pudor, especialmente si lo que nos regalan no son resultados materiales o si los posibles resultados no son tangibles a muy corto plazo. Yo mismo lo he comprobado y seguro que tú también salvo que no hayas estado atento.

Ya conté en una ocasión mi cuidado al cruzar una calle por ese semáforo para peatones en el que en muchas ocasiones te juegas la vida literalmente. Pero no es mi vida la que trato de cuidar, sino la de ese pequeño o pequeña que de la mano de su madre espera a que el muñequito se ponga verde, la mira y le dice “ahora mamá”. Es una forma de educar con el ejemplo, esa herramienta tan necesaria como descuidada en el mundo educativo y en la vida en general.

Hoy me he dado cuenta de algo similar porque también soy de esos pocos que (casi siempre) paran en los pasos de cebra cuando van conduciendo. Aunque muchos deben pensar que los pintaron para que pasen esos burritos presos o con pijama a rayas que no abundan en las ciudades, son para que algunas personas traten de dar el salto al otro lado del asfalto sin quedarse formando parte de él.

Freno ante una señora que lleva un carro de la compra, acompañada por una niña de unos cinco años que va de su mano. Mira a la supuesta madre como de reojo para asegurarse ese paso y se lanza a cruzar con la misma seguridad de esas personas que primero meten el carrito del bebé y si nadie lo atropella pasan como dueñas de la calzada. La niña avanza hacia el otro lado como agazapada en la seguridad de esa mano presurosa que tira de ella. Una vez ganado el bordillo de la orilla contraria del mar de asfalto desaparecen entre varias personas que circulan por ella.

Hasta ahí es una situación, no por tristemente repetida, normal, pero enseguida me he preguntado cómo se queja la gente luego de los niños, de sus formas, de su falta de respeto a muchas de las cosas a las que esta vida, y esta sociedad en su nombre, les invita. Algo tan sencillo como hacerle ver a esa niña, casi como un juego, que van a cruzar y que esas rayitas están ahí pintadas para que el conductor las vea y pare para dejarles pasar, es una oportunidad que se desaprovecha. En ese caso, durante el paso, la niña miraría al conductor regalándole tal vez una leve sonrisa activando un gesto de él hacia la pequeña que le haría ver lo correcto de su comportamiento. Es una pena que una actuación tan elemental como sencilla se deje pasar, tal vez en nombre de las prisas o no sé yo de qué otra excusa. Mi mirada las ha seguido más allá del bordillo de la acera y la madre ha seguido tirando de la niña sin ni siquiera mirarle ni decirle nada durante el tiempo que mi capacidad visual me ha permitido observarlas mientras eran absorbidas por el resto de los viandantes.

En unos pocos metros de asfalto ha quedado olvidada una oportunidad de educar como tantas otras que se presentan en la calle, lejos muchas veces de la escuela donde todo el mundo cree que debe desarrollarse el total de actos educativos. ¿Respetará esa niña de gafitas cuando sea mayor los pasos de cebra?

Javier Lozano, 30, abril, 2016


domingo, 26 de febrero de 2017

Carmen, un año de entrega

Aún recuerdo cuando Juanito hacía su primer año. Ya va a cumplir cinco con su TDAH a flor de piel, su sensibilidad, su imaginación y tantas otras cosas buenas más que todos estos niños y niñas tienen aunque algunos sigan sin querer verlo ni graduándose la vista. ¡Qué le vamos a hacer! Seguiremos poniéndole toda la información posible cada mañana ante sus narices. Esta semana, hacía el día 20 un año que llegaba mi segundo libro “Mi hijo tiene TDAH. La entrega de una madre” a Ponferrada (León), para ser presentado aprovechando que yo iba como ponente en un curso de la UNED. Aún recuerdo el comentario de una buena amiga, en su librería de gran prestigio en mi ciudad ante el éxito de Juanito, cuando me decía que no creyera que siempre se repite ese éxito cuando se escribe otro. Bueno, pues creo que este segundo libro ha igualado e incluso puede que superado al primero, y eso que aquel sigue todavía muy vivo, esperando la salida de la 3ª edición en cualquier momento.

Carmen, una madre desesperada ante el descubrimiento del problema de su hijo, como muchas de las madres de nuestros niños TDAH, busca apoyo y tras una entrega total va consiguiendo información y poder ser el punto de apoyo que su hijo necesita para salir adelante en la vida. Para ello necesita la ayuda, no siempre fácil, de la persona que tiene a su lado y que al principio no sabe o no quiere ver el problema. Recuerdo esos comentarios que te hacen sonreír porque ves que has conseguido el objetivo que buscabas con el libro, ayudar a muchas familias a seguir en este tortuoso camino y que no hay que dejar, porque al final de él está la felicidad de esos pequeños que algún día serán adultos. Comentarios como “Has bordado la figura de la madre” “La has clavado” “Esa madre es como yo” “Todas somos como Carmen” y muchos más referentes a los demás personajes y situaciones.  Todas vuestras valoraciones me han hecho sentirme feliz.

Hoy, sólo quiero agradecer a cuantas personas habéis leído el libro, a quién lo lea más adelante, y a quien no pueda leerlo por cualquier causa, vuestro apoyo continuo, porque me anima a seguir y porque demuestra que somos muchas personas las que luchamos día a día, las que nos entregamos a esos niños y niñas que tanto nos necesitan porque se encuentran con dificultades, muchas de ellas ajenas al trastorno, generadas por la incomprensión de quienes conviven con ellos en casa, el aula o la vida en general.

Mi ilusión era escribir una trilogía. Falta el tercero y último, la visión de un profesor comprometido, que existen, no desesperéis, es cuestión de esperar a ver si te toca alguno de ellos. De momento por determinadas circunstancias estoy trabajando en uno, al estilo de estos dos, pero sobre un caso real de acoso escolar, de bullying. También me ha pasado como con estos, que una corriente mediática haya hecho que parezca que me mueva por modas, pero me da igual, los problemas no aparecen hoy para desparecer mañana sino que han habitado siempre con el ser humano y lo realmente importante es luchar con todas nuestras fuerzas para eliminarlos o aminorar sus consecuencias negativas. El tercero pues, tendrá que esperar un poco. Ver la realidad tan cruda y descarnada que se vive en el mundo educativo desde dentro, con corrientes continuas que hoy son la panacea y mañana nadie recuerda, como ha ocurrido desde que yo conocí dicho mundo del que un día me enamoré, con movimientos llenos de gurús de bolsillos repletos, de vendedores de humo que algunos aspiran sin analizar sus consecuencias para nuestros alumnos, me hace reprimir mis ganas de escribirlo. Tal vez deba esperar a salir en unos años de esa corriente que todo lo arrastra, dejar que pase algún tiempo hasta que toda esta locura deje el poso que realmente marque la educación del futuro y el futuro de la educación, que todo lo que se está cocinando en estos momentos deje lo que realmente necesitamos de verdad en los centros educativos.

Mi agradecimiento también a cuantos colaboraron en este libro, madres, padres, niños, jóvenes, alumnos, profesionales, etc. que tanto ha ayudado a comprender la otra cara del problema que genera el TDAH, el de la familia, y a ese montón de asociaciones que han estado a mi lado, llenas de personas desinteresadas que luchas por ayudar a quien a ellos se acerca.

A todos muchas gracias por vuestra presencia constante. Seguiremos trabajando juntos.

                                                       Javier Lozano 26 - Febrero - 2017

domingo, 19 de febrero de 2017

La lucha debe continuar

Ya hace muchos años el TDAH que se cruzó en mi camino en forma de alumno, se llamaba Pedro, creo haberlo nombrado alguna vez. Hoy sigo manteniendo contacto con él aunque no es consciente de la revolución que produjo en mi vida, tanto docente como personal. Un libro de Ana Miranda, a la que luego tuve la suerte de conocer, me ayudo en aquel momento. Luego hubo una primera asociación que me conocía, sabía de mi forma de trabajar y me invitaron a participar en una mesa redonda. Desde aquel día muchas asociaciones de toda España han contado conmigo para que fuera a contarles cómo hacer las cosas de forma sencilla en el aula. Algo parecido me ha pasado con el Síndrome de Tourette con Naim. También aprendí mucho de Pablo, mi primer alumno con Síndrome de Asperger. Ellos sí que son mis verdaderos profesores.

Luego uní mi afición a escribir a estos aprendizajes y surgió mi libro “Juanito y su TDAH. Ser feliz es posible” y ante su gran aceptación hace un año “Mi hijo tiene TDAH. La entrega de una madre”. El éxito de ambos me ha ayudado a pensar que vale la pena seguir por todos afectados y sus familias.

El día a día, ayudando desde la sombra, sin grandilocuentes artículos, ni vídeos, ni una consulta detrás, ni buscando aparecer en las redes por todos los rincones, me ha enseñado la realidad que hay tras cada niño con un trastorno, las familias y especialmente en la mayoría de casos a sus madres, auténticas sufridoras del problema que esto genera. Únicamente un sencillo blog ¡¡¡Cuidado con la tarima!!! (http://fcojavierlozano.blogspot.com.es/) me sirve para hacer reflexionar sobre algunos aspectos educativos y vitales desde mis vivencias personales diarias en el aula y en la calle.

Os cuento esto porque tras todo este tiempo me siento, como muchas de esas madres que decís estar a punto de tirar la toalla. Me canso de desmentir artículos que surgen cada cierto tiempo, de hablar con gente que habla sin saber y que la evidencia científica ni le va ni le viene, de compañeros docentes por todo el mundo que dicen barbaridades a los niños y a sus madres difíciles de soportar. Si a esto añades que todos tenemos épocas peores que otras… Hace unos días pensé en decir que no a las charlas y conferencias, a no escribir ya sobre estos temas y dedicarme a escribir otro tipo de cosas, novela, relatos para adolescentes, cuentos para niños, a pasear, escuchar música, ir al pueblo y mil cosas más.

Pero de repente me encuentro con el duende que me vuelve a animar. No quiero dejar a medias el libro sobre acoso que llevo entre manos desde hace ya meses, me llaman de nuevo y no puedo decir que no a un instituto de aquí cerca, ni a asociaciones que desde Latinoamérica te piden que vayas para ir a contar sobre TDAH en el aula a padres y profesores. Y por si fuera poco me encuentro con personas que quieren abrir nuevas asociaciones y me piden ayuda. En el último mes dos nuevas, casi a la vez, una en Ceuta de la mano de Holaya y en Almendralejo (Badajoz) de Eva, ambas con un buen ramillete de madres luchadoras por sus hijos y los de las demás.

Por estas razones me cuesta abandonar el barco, pero si  todo esto es fundamental, hay algo más importante e imprescindible aún. En mis clases, a diario, todos los cursos, hay alumnos con TDAH y sin él, con trastornos de otros tipos llenos de siglas que a mucha gente no le dicen nada, pero que a sus afectados les ayudan a poder seguir unas pautas y unas estrategias.

Me temo que de momento, mientras me quede alguna fuerza, debo de seguir aquí apoyando a quien lo necesite, no como gurú, que de esos ya hay unos cuantos, sino como uno más del equipo que formamos todos los que queremos ver cada día un poco más felices a los niños y jóvenes que nos rodean siempre y a sus familias.

Javier Lozano - 19 - Febrero - 2017

miércoles, 8 de febrero de 2017

Preparar para la vida real

Todos sabemos que la escuela es como una enorme burbuja de la que luego deberán salir nuestros alumnos para vivir en la realidad social que hay afuera. Sí, no te lo preguntes, ya te lo digo yo, para muchos adultos que vivimos respirando su mismo aire también lo es. La única diferencia es que la vida nos ha ido enseñando más cosas que a ellos porque nuestras relaciones familiares, sociales, la situación laboral,  la comunidad en la que vivimos o esos impuestos que tenemos que pagar y algunas cosas más nos han hecho como el lobo en el cuento de Caperucita, nos han ido enseñando las patitas por debajo de la puerta, a veces algo más negras que las del lobo. Nosotros somos quienes debemos ir ayudándoles a asomarse poco a poco a esa vida que les tocará vivir dentro de un tiempo, para que llegado el momento sea menos traumático y se adapten a ella lo más suavemente posible.

Os cuento esto porque es increíble la idea que se hacen del mundo que hay ahí afuera. Esta misma mañana hablando de la capa de ozono hemos llegado, ya sabéis que con estos chicos de un tema se pasa a otro con una facilidad pasmosa, a que hay que pagar impuestos por muchas transacciones económicas, incluso por prestar determinadas cantidades a otras personas. Un chico decía que no lo veía justo, que pensaba que con su dinero podía hacer lo que quisiera. Lo de los impuestos por el trabajo no le parecía mal porque entendía que para las cosas comunes hay que aportar algo como en su comunidad de vecinos, aunque menos de lo que se paga, pero por lo demás… Bueno, estos chicos no conocen el Ministerio de Hacienda.

Otros, hace unos días, y esto parece increíble con alumnos que rozan los 18 años y alguno que ya los tiene, al comentar que habían oído que se planteaban tal vez volver a poner las antigua mili, ante lo especial de los componentes del grupo, lejanos al orden y enemigos de la más mínima disciplina, les conté algunos rasgos de mi experiencia en su día. Las reacciones fueron de lo más peregrino. Sí, a mí me van a mandar, los c… pues me largaría. Pues te buscarían por desertar. Que te lo crees tú, me iría de aquí… y así montones de cuestiones fuera totalmente de lugar y de contexto ante lo desconocido. No me refiero a insumisión ni a cuestiones similares, no, si no a que yo hago lo que quiero y me da igual, que a mí no me manda nadie. Y si no les meto, contestaba alguno con gesto agresivo.

Tanto el primer caso como el segundo, con tantas incongruencias y afirmaciones llenas de agresividad ante los demás y de desconocimiento real que escucho a diario, me pongo a pensar en todo el trabajo que tenemos ante nosotros por encima de matemáticas, lengua o cualquier otra asignatura. A veces te planteas qué han oído antes en sus casas, en la calle o en vete tú a saber dónde, pero están en una irrealidad muy distinta, en lo que alguien llamaba su mundo gominola (en algunos casos yo diría porrete). Resulta triste por su desconocimiento de la realidad, la que les ha tocado vivir, pero también porque mañana cuando salgan a la calle encontrarán problemas que hoy les estás haciendo ver y no hay manera de que algunos de estos alumnos y alumnas sean capaces de vislumbrarlos a medio plazo ni por similitud con lo que ven en sus familiares más cercanos.

Simplemente echo de menos en muchos casos ese apoyo familiar que les ayude a ir poniendo los pies en el suelo, esa mano firme que les ayude a ser mejores personas, ese ejemplo que les enseñe a trabajar de verdad, con seriedad, con ganas de tener un mínimo de éxito en la vida.

Me gustaría cada día más saber ayudarles para que sean más felices, para que no sufran, porque como dice en un fragmento de su Canción del adiós el cantautor argentino Horacio Guarany… “¡Hace un frío afuera y una cerrazón!”.

                                                                       Zaragoza, 8 - febrero - 2017